En Costa Rica la naturaleza no es solo paisaje. Es identidad, filosofía de vida y una forma de entender el turismo. Así lo explica Heilyn James, coordinadora líder para los mercados de Latinoamérica del Instituto Costarricense de Turismo, en una conversación donde el país centroamericano se revela no como un destino que se vende, sino como un territorio que se experimenta. Con una recuperación forestal que pasó del 22% al 60% de cobertura boscosa en cuatro décadas, Costa Rica ha convertido la sostenibilidad en un pilar cultural.

Costa Rica es un país donde la naturaleza late con fuerza. Pero también es un lugar donde esa naturaleza se ha integrado de tal manera en la vida cotidiana que ha terminado por convertirse en cultura. Así lo describe Heilyn James, coordinadora líder para los mercados de Latinoamérica del Instituto Costarricense de Turismo, quien conversó con FIPETUR sobre la esencia de un destino que invita a algo más que a hacer turismo.
De la deforestación a la conservación: un cambio de paradigma
“Costa Rica es un país muy lindo, muy biodiverso”, dice James con serenidad. Pero detrás de esa frase sencilla hay una historia profunda. En la década de los años 80 el país enfrentaba una fuerte deforestación: apenas el 22% del territorio estaba cubierto por bosques. Hoy la cifra roza el 60%. Más de una cuarta parte del país está protegida entre parques nacionales, reservas forestales y áreas naturales.
Ese proceso no fue solo ambiental. También transformó la manera en que Costa Rica entiende el turismo. Según James, la sostenibilidad dejó de ser una estrategia y se convirtió en un pilar cultural.
“La sostenibilidad ha sido fundamental para nosotros, los costarricenses y para la industria turística”, explica. Por eso el visitante que llega al país no encuentra únicamente hoteles o rutas de viaje, sino una relación directa con la naturaleza, la cultura local y una forma distinta de habitar el territorio.
Un territorio compacto y diverso
El viajero que elige Costa Rica suele buscar algo más que entretenimiento. Busca pausas. Momentos de desconexión. Experiencias que le permitan reconectar consigo mismo. Pero eso no significa quietud.
Entre volcanes, bosques tropicales, ríos y costas en dos océanos, el país ofrece una diversidad sorprendente en distancias cortas. Es uno de los rasgos que más sorprende a quienes lo visitan. En un mismo viaje se puede caminar entre árboles centenarios, navegar ríos caudalosos, observar volcanes activos o terminar el día frente al mar.
“El territorio es compacto”, explica James. “En cortas distancias puedes disfrutar de ambientes completamente distintos. Puedes estar en la playa y, en el mismo día, estar en la montaña o caminando en un bosque”.
Colombia, un mercado en crecimiento
Esa cercanía geográfica también facilita la conexión con Colombia. En poco más de dos horas de vuelo es posible llegar desde Bogotá o Medellín, una proximidad que ha comenzado a reflejarse en las cifras. Durante 2025, Costa Rica recibió más de 34.000 turistas colombianos, un crecimiento cercano al 12% frente al año anterior.
Sin embargo, más que números, lo que interesa al país es el tipo de visitante que llega.
“Buscamos un turista consciente”, señala James. “Un viajero que no está buscando solamente un sello en el pasaporte, sino una experiencia que transforme su vida”.
La experiencia “pura vida”
Esa transformación ocurre muchas veces en los detalles más simples: una caminata silenciosa en el bosque tropical, la adrenalina de un canopy entre árboles gigantes o el sonido constante del agua durante un rafting en los ríos del interior.
Para quienes visitan por primera vez, hay experiencias que difícilmente se olvidan. Los volcanes —como Poás o Arenal— se alzan como gigantes naturales que recuerdan la fuerza geológica del país. Los bosques tropicales invitan a recorrer senderos donde cada paso revela sonidos y formas nuevas. Y al final del viaje, siempre aparece el mar.
Pacífico o Caribe. Dos costas distintas que, en un país pequeño, pueden sentirse casi en el mismo día. Desde San José, la capital, la playa del Pacífico central está a apenas hora y media de camino. Hacia el Caribe, Puerto Limón aparece tras unas tres horas atravesando la cordillera volcánica.
Gastronomía que dialoga con el territorio
La experiencia también pasa por la mesa. La gastronomía costarricense parte de ingredientes cercanos al paladar latinoamericano —arroz, frijoles, carnes, productos del mar—, pero encuentra nuevas combinaciones. El tradicional gallo pinto, uno de los platos más representativos del país, puede convivir con preparaciones contemporáneas como un carpaccio de pulpo o carnes acompañadas con salsas de frutas locales como el tamarindo.
El alma de Costa Rica: su gente
Pero quizás lo más memorable no está en el paisaje ni en los platos. Está en la gente. Los costarricenses se reconocen a sí mismos con una expresión que resume su filosofía cotidiana: “pura vida”. No es solo una frase turística. Es una forma de relacionarse con el mundo, de recibir al visitante, de compartir.
“Somos personas de familia, de amigos, de estar juntos”, dice James. “Nos gusta compartir lo que tenemos”.
Tal vez por eso Costa Rica deja una sensación difícil de explicar cuando termina el viaje. No es solo un destino natural extraordinario. Es un lugar donde la naturaleza, la cultura y la hospitalidad conviven con naturalidad. Y donde cada visitante termina descubriendo que, a veces, viajar también significa detenerse.

